LA BELLA SINTRA. PORTUGAL
Hace algunos años estuve recorriendo Portugal de sur a norte, pero no voy a contar aquí todo lo que vi en este país hermano, que tenemos tan pegadito y al que apenas conocemos.
No, hoy voy a hablar de la hermosa ciudad de Sintra y sus alrededores.
La ciudad de Sintra se encuentra a penas a media hora de Lisboa, pero el cambio en el paisaje nos hace adentrarnos en un mundo nuevo, muy distinto al que hemos dejado en la capital lusitana, para llegar a un mundo boscoso, de color verde, a veces con niebla, pero sobrecogedor, lleno de encanto.
Entramos en una región llena de fantasía para los sentidos.
Situada entre bosques y la sierra del mismo nombre, esta ciudad está llena de hermosas quintas y fincas, donde la burguesía lisboeta se recrea durante la estación calurosa.
Fue residencia de los monarcas portugueses durante siglos, y elegida para vivir por Lord Byron, y no me extraña nada, después de haberla visitado. Nada más entrar en la ciudad distinguimos una gran estructura palaciega, el Palacio Real, de la que nos llama la atención dos prominentes chimeneas cónicas blancas. El palacio en sí no llama mucho la atención en cuanto a arte arquitectónico, ya que está compuesto por edificios añadidos en distintas épocas y no siguiendo un estilo coordinado, a no ser por sus típicas ventanas: las ventanas geminadas y las ventanas de estilo manuelino. Todo el edificio real es de color blanco, y con las cubiertas de tejas.
Podemos aparcar casi al lado, y recorrer la plaza de esta ciudad para subir luego la escalinata que lleva a la entrada, donde nos topamos con una fuente. Allí, y bajo una entrada de arcos, se nos hará esperar hasta que el anterior grupo turístico haya salido.
El interior del palacio es completamente visitable, exceptuando las habitaciones de los criados, que se encuentran subiendo por una escalera. Todo está muy bien conservado en su interior. Pero tengo que añadir que la mayoría de las piezas que se encuentran aquí pertenecen a otro castillo portugués que se encuentra en restauración, el castillo de Monserrate.
En el interior del palacio destacan los decorados de azulejos, en especial los del comedor o Sala de los Árabes, la capilla y la Sala de las Sirenas.
Una curiosidad es el techo de la Sala de las Urracas, o Sala de Lectura, que está decorado con dichas aves con una rosa en el pico con el lema “Por bem” (para bien). Hay tantas aves como damas de honor tuvo en su corte Juan I.
Sintra bien merece un largo paseo tranquilo por sus calles, entrar en sus bonitas tiendas de artesanía, los anticuarios, y pararse en alguno de sus numerosos cafés a degustar las típicas queijadas.
Puede ocurrir que la ciudad te enamore, y no es de extrañar ya que enamoró a diversos poetas románticos con su belleza. Para decir la verdad, de tener dinero no me hubiera importado quedarme a vivir en alguna de sus bonitas quintas. Todo ello rodeado de hermosos bosques de cedros, camelias, robles, etc.
En nuestra vuelta por la ciudad podremos contemplar el Ayuntamiento de Sintra.
Un bonito edifico arquitectónico con una torre principal de cuatro pisos, culminada por cuatro pequeñas torres redondas acristaladas y un cuerpo geométrico central en forma de cúpula hexagonal, a cuya derecha sobresale el resto del edificio, rematado con tejas rojas, y un complemento que avanza sobre el edificio formando la entrada principal en tres arcos, que sostienen una gran balconada con remates, con agujas a ambos lados, y coronada con el blasón de la ciudad.
Desde la misma plaza de la ciudad podemos contemplar levantando la vista hacia la montaña, la impresionante mole de otro monumento, el Palacio Nacional da Pena. Enclavado en plena sierra da Pena. Mandado construir a mitad del siglo XIX por el rey D. Fernando II de Saxe-Coburgo, es un sueño hecho realidad.
Mezcla de varios estilos, destaca sobretodo por su sabor árabe, gótico, mudéjar, manuelino, renacentista y barroco. Aquí no sabemos si estamos en un palacio hindú, árabe, o en un palacio de juguete encargado pintar por un loco. Lleno de colores en su exterior destaca sobre el verdor de los bosques. Pasamos del amarillo, al ocre, al rojo, al blanco, de una tonalidad a otra más agresiva, pero sin perder el encanto que te atrapa.
A él no podemos subir en nuestro coche, o vas andando a través de una empinada cuesta, o alquilas un taxi. Está prohibido subir con coche propio. Así que subí la cuesta andando y no me pesó, aunque no lo aconsejo a los que tengan problemas con las piernas, o de pulmones. De todas formas el esfuerzo me valió la pena, al descubrir ante mis ojos una maravilla arquitectónica, que no te deja helado, aunque sí sin habla. Y es que te preguntas ¿qué hace esto aquí?.

Tras subir la rampa se atraviesa una puerta de estilo mudéjar, que nos lleva al patio del castillo. Aquí merece la pena, vaya que si la merece, pararte y pasar un buen rato fotografiando o filmando todo que está a nuestra vista, y digo todo, porque desde aquí todo lo que cae al alcance de nuestra vista merece la pena ser recordado para los restos. Es una buena vista de toda la región de Sintra y a cada golpe de vista encontraremos algo digno de llevarnos en el recuerdo de nuestra retina y de nuestro objetivo de cámara.
No está permitido entrar con cámaras de fotos, así que tendremos que dejar nuestro preciado tesoro en la entrada al Palacio, con gran pena, y digo esto porque es una pena no poder fotografiar nada del interior de este palacio. Eso sí, las numerosas habitaciones tienen tal carga de elementos decorativos, como muebles, cuadros, figuras, sofás, espejos, etc., que da una sensación de estar sobrecargadas. Y es cierto, la mayoría también proceden del Palacio de Monserrate, guardadas aquí hasta que se concluya su reconstrucción.
Desde todas las ventanas y terrazas abiertas podemos contemplar las hermosas vistas de la región, mirando desde el océano Atlántico hasta el Tajo.
Y con mucha pena nos vamos del Palacio da Pena, para encaminarnos hacia el Castillo de los Moros o Castelo dos Mouros.
Del siglo VIII, con sus dos horitas a pie de ida y vuelta, por una muralla estrecha, de subida hacia el montículo, eso sí, haciendo las paradas de rigor para tomar aire, y contemplar el mundo que se ofrece a nuestros pies. El castillo hoy sólo nos ofrece cuatro torres cuadradas y las ruinas de la capilla románica. En todo el recorrido podremos contemplar desde el Atlántico, la ciudad de Sintra y el Palacio da Pena, encaramado frente a nosotros. No nos apetece marcharnos de este sitio porque hay tanto que contemplar desde esta altura que casi estamos a vista de pájaro.
Podemos realizar otro circuito, ya en coche, hasta llegar al Palacio de Seteais, del siglo XIX, muy cerca de Sintra, lugar que actualmente sirve de hotel y desde cuyo arco de entrada nos podemos volver a mirar hacia arriba y ver la imagen del Palacio da Pena.

Nos dirigimos ahora hacia el Palacio de Monserrate, ya antes mencionado, porque merece una visita y un descanso en sus prados verdes, para tomar un respiro y algo de alimento, mientras nos despojamos de nuestros zapatos y liberamos nuestros pies sobre la verde hierba, para tumbarnos al sol plácidamente, como si el tiempo no fuera a transcurrir, y olvidáramos todos los problemas del mundo que han quedado atrás, tras la verja de entrada en Monserrate.

Aquí se nos presenta ante nuestros ojos un típico palacio de arquitectura árabe e hindú, un palacio como pagodas orientales. Del siglo XVIII, fue mandado construir por un virrey de la India. Su extenso parque de estilo inglés contiene cedros, bambúes, helechos, madroños, lilas colgantes...numerosas cascadas y estanques. El interior del palacio no se puede visitar ya que está siendo restaurado, (para mi opinión se lo están tomando con muchos años de calma). Las paredes exteriores están decoradas con estuco, arcos y columnas. Y posee unas preciosas cúpulas de color rojo coral.
Salimos de la zona de Sintra y nos encaminamos hacia el Convento dos Capuchos, del siglo XVI. Aquí nos vamos a encontrar con una extraña curiosidad de convento. De tamaño diminuto, formado por numerosas celdas minúsculas y cuyo único recubrimiento es el corcho para proteger a sus habitantes del frío. Y te hacen preguntarte ¿quién en su sano juicio podría vivir en aquellas diminutas celdas?.
Desde aquí podemos partir por carretera hacia el Cabo da Roca, un impresionante acantilado de 140 m.
Y, hasta aquí, el recorrido por los alrededores de Sintra. Dejaremos el resto del viaje para otra ocasión.
Espero que lo hayáis disfrutado tanto como yo. Vientos©®08/04/2005
CASTILLO Y CONVENTO DE SANTO CRISTO. TOMAR. PORTUGAL

"Yo..., Caballero de la orden del Temple y elegido una vez más maestre de los caballeros que están en Portugal, prometo...." así empezaba el juramento de los Maestres templarios en Portugal.
Llamaba nuestra atención en el pueblo de Tomar, de ser un pueblecito tranquilo y agradable, nos fuimos a topar con su historia. Decenas de jóvenes, vestidos de tunos, paseaban por sus calles, con sus guitarras, sus panderetas, cantando y divirtiéndose, haciendo que recordáramos los grupos de tunos de las Universidades españolas. Les preguntamos qué ocurría y nos dijeron que iban al castillo. Nos dispusimos a seguirlos en vista de que se dirigían a algún lugar en concreto, y no queríamos perdernos ningún tipo de festejo en aquellos días.
En lo alto de una colina nos encontramos con el Castillo y Convento de Tomar. En 1160 el 4º Gran Maestre de la Orden Templaria, Gualdim Pais, construye el castillo de Tomar, y unido al mismo hará el convento.
Cuenta la leyenda que Gualdim se trajo de Tierra Santa una reliquia, la mano de san Gregorio Nacianceno, además de otros tesoros. El convento de Santo Cristo es una verdadera mezcla de estilos arquitectónicos desde el románico, gótico, manuelino y renacentista, ya que se le fueron añadiendo estos valores a lo largo de los siglos. Algo que también nos sorprendió es que era el único monumento de visita totalmente gratuita.
Nos dispusimos a recorrer el mismo, acompañados por los grupos de tunos que se paseaban por el castillo, y descubrimos que esa era una de las etapas de su final de carrera en las facultades, una de las formas de celebrarlo era la visita al castillo con la familia o con la pareja, recorrer el castillo y dejar grabado en fotos el recuerdo de su promoción.
Se comenzó con la construcción de una rotonda o charola, conocida como Rotonda de los Templarios, en forma octogonal imitando el sepulcro de Jerusalén. La iglesia fue construida por un español.
El complejo posee seis claustros: Claustro del Pan, Claustro de los Cuervos, Claustro de la Hospedería, Claustro de Santa Bárbara, Claustro del Cementerio, Claustro de las Abluciones, y el Claustro Grande, que dispone de una fuente con la típica forma de la cruz templaria.
La Orden del Temple fue reciclándose para constituir lo que se posteriormente se llamaría Orden de los Caballeros de Cristo (formada por antiguos templarios que supieron arrimarse al rey).
Lo más destacado de toda la construcción es la ventana o janela, de estilo manuelino que podemos contemplar desde el Claustro de Santa Bárbara, pero a la que podemos acceder a través de la escalera de caracol que hay en el claustro Grande.
La famosa ventana es así: Se inicia con una especie de raíces que son sostenidas por un busto de un hombre barbudo con gorro, y se alza hacia el cielo a través de dos mástiles, con profusión de decoración típica marinera como son los nudos, las cadenas, formas de algas, las maromas,... para mejor ilustración se puede ver la foto que he incorporado.
Acaba rematada en el blasón del rey y la cruz de la Orden de Cristo.
Termino esta visita con el primer fuero que Gualdim dio a los habitantes de Tomar: "Yo, maestre Gualdim Pais con mis freires, a vosotros, que de Tomar sois moradores grandes y chicos, de cualquier clase que seáis, y a vuestros hijos y a vuestras generaciones, nos corresponde a nos, freires del Temple, integrados en la fe de Salomón, haceros una carta de afirmación del derecho sobre vuestras heredades..."
Gualdim fue el primer maestre de la Orden enterrado en Tomar y le siguieron los demás.
Vientos©®9 de Julio 2005
PALACIO CONVENTO DE MAFRA. PORTUGAL.
Estamos saliendo de Lisboa en dirección norte, por la A-8, cuando nos desviamos hacia la izquierda para dar a la N-247. Vamos conduciendo por una carretera que atraviesa una zona bastante despejada de accidentes geográficos, sólo contemplamos suaves laderas y pequeños valles. Hemos dejado Lisboa a unos 40 km de distancia.
La persona que conduce exclama: “¿qué es eso?”. “Ya lo verás”- le contesto.

De forma repentina empezamos a ver las cúpulas de lo que se va convirtiendo, conforme nos acercamos, en una impresionante masa arquitectónica que asoma por el horizonte. No hemos entrado en ningún pueblo aún, vamos por una sencilla carretera. Pero ya, ante nuestros alucinados ojos (y conste que no hemos tomado nada raro), se nos está presentando lo que será una inmensa obra de arte. Se trata nada más y nada menos que del Palacio de Mafra.
Llegamos a una explanada donde podemos aparcar el coche sin ningún problema. O sea, aparcas, abres la puerta del coche y te das de narices con el monumento en cuestión. Eso en lugares turísticos es bastante raro y de agradecer para los que nos dedicamos a hacer grandes recorridos, aunque puede que haya personas que no lo consideren así, pero yo lo digo por cuestión de pies cansados y más de una rozadura que llega a sangrar (problemas de pieles demasiado delicadas, a pesar de buscar el calzado más apropiado), tras largas caminatas recorriendo caminos polvorientos, zonas montañosas, ciudades enteras, sedientos de ver cosas que nos son totalmente desconocidas. Y es que cuando puedes viajar hay que aprovechar el tiempo que tienes para ver todo lo que te parece imprescindible o curioso simplemente. Es la fiebre del viajero. Tal vez sea una enfermedad, pero muchos la padecemos. Volvamos al camino que hemos dejado.
La escalinata a la que hay que subir para acceder al Palacio consta de dos basamentos con forma cuadrada, y un acceso con forma de concha. El más alto está decorado con diseños en forma de abanico.
La fachada (me voy a repetir un poco) es impresionante, y tiene un aire que nos recuerda a El Escorial.
Consta de un cuerpo central o basílica, con cinco arcos desde los que se accede al interior. A ambos lados del edificio hay dos esbeltas torres campanarios de 68 m. de altura y a continuación de cada una de ellas surgen los dos pabellones de la fachada, que forman parte del resto del edificio, rematadas por otras dos torres, mucho más gruesas, más bajas, con cúpulas de estilo bulboso. En total hay 220 m., aproximadamente, de fachada.
La basílica es de mármol de Carrara, de color blanco, mientras el resto del edificio es de un color grisáceo (pabellones) o terroso. Es de estilo barroco pero tendiendo a lo austero.
Fue mandado o mandada (aquí depende porque hablamos de un Palacio-basílica-convento todo en uno) construir por el rey portugués Juan V, el Magnánimo, para conmemorar el nacimiento de su primogénito, que fue niña. Las obras se encargaron al arquitecto alemán Ludwig, aunque trabajaron también romanos, que por supuesto dejaron sus huellas estilistas en el mismo. Hablemos también de los operarios, que son los que sufren el trabajo, el calor, el frío, los accidentes,...: fueron necesarios unos 50.000 obreros durante 13 años (bueno, esto de las cifras es totalmente discutible, ya que en diferentes informaciones aparecen números completamente distintos, así que no haced mucho caso de estas cifras). En definitiva, así me explico el nacimiento del pueblo de Mafra: todos estos obreros se trajeron a sus familias, con ellos llegaron los comerciantes que se instalaron para cubrir las necesidades de esta naciente población, junto con doncellas, sirvientes, médicos, enfermeras, maestros, artistas, panaderos...
Bien, ¿de dónde se sacó el dinero para llevar a cabo esta obra?, pues del oro de Brasil. Y así también son de allí las maderas preciosas utilizadas para el mobiliario y la decoración.
Una vez dentro podemos visitar el museo, la farmacia y enfermería, la cocina. Subiendo al segundo piso nos encontramos con las habitaciones reales, la sala de caza, las celdas de los monjes conventuales y la magnífica biblioteca con unas 40.000 obras.
Materiales de construcción: mármoles (de color blanco, gris, rosa), jaspe, maderas nobles, pino, nogal,...
Echadle una hora y media aproximadamente a la visita.
Vientos©®9 de Julio 2005